Descubriendo la esencia de Albania a través de sus habitantes: un viaje único en compañía de su gente y sus historias

«No me considero un experto viajero. De hecho ante cada nuevo viaje me siento con la inocencia del principiante que intenta aprender de la nueva aventura. Me encanta viajar, descubrir nuevos lugares y sobre todo aprender mucho de ellos ya que siento que eso me hace crecer como persona.

Cada país promete tener características únicas que lo hacen especial y por lo que merece ser visitado. Algunos se enorgullecen de tener una historia milenaria, de ser cuna de grandes civilizaciones. Otros dicen gozar de una gastronomía inigualable mientras que los hay que alardean poseer paisajes de auténtica postal, bien sea debido a sus playas paradisíacas o a épicas montañas y cordilleras.

Sin embargo y a pesar de todo ello, opino que la definición de un país no está en esos “imbatibles atractivos”. Desde mi humilde opinión creo una de las mayores verdades que he aprendido desde que comencé a viajar es que un país lo forma su gente, que es tal y como es la gente que lo habita. Hay países aparentemente con mucho pero que su gente le hacen ser un poquito menos. En cambio hay otros lugares que parecen ser poca cosa pero que su gente los convierten en un lugar enorme, único e inolvidable.

Eso es lo que me pasó en Albania y por eso hoy te quiero hablar de ella. Quiero contarte cómo es pero esta vez lo voy a hacer desde otra cara. Para mí, su mejor cara. Te propongo un viaje por La auténtica esencia de Albania a través de su gente, de la gente que encontré en mi camino. Gente con rostro, gente con historias.

Porque Albania, sin ser uno de esos flechazos viajeros acabó convirtiéndose en una bonita historia de amor de verano. Un amor cocinado a fuego lento, al calor de su gente. Acompáñame junto a mi familia en esta aventura recorriendo montañas, lagos, bazares y playas. Desde Tirana con dirección norte hasta los Alpes Albaneses, bajando después al sur hasta la frontera griega en la preciosa Riviera Albanesa. Voy a intentar describirte este pequeño gran país con sus lugareños como protagonistas de este viaje.

Albania

Explorando Tirana: capital albanesa llena de historia, cultura y encanto

Todo viaje a Albania comienza en Tirana, su orgullosa capital. Y digo orgullosa en el mejor sentido de la palabra ya que nada más poner nuestros pies allí, Tirana me demostró que habíamos llegado a un lugar muy especial.

Nuestro avión tenía que aterrizar sobre las 23:00h por lo que por comodidad decidí contratar el traslado con el alojamiento, un pequeño hotel familiar. La cuestión es que el vuelo acabó retrasándose más de 2 horas y en vez de llegar a la hora prevista aterrizamos casi a las 02:00h de la madrugada. Este contratiempo no supuso ningún problema para nuestro anfitrión ya que, aunque le había avisado del retraso, al salir por la puerta de la terminal allí estaba con mi nombre escrito en el típico cartelito. Nos presentamos y con su destartalado Fiat Punto nos llevó hasta el hotel.

Dado el retraso del vuelo y el inconveniente que supuso le dije que le tenía que pagar más dinero por ello. Con una mezcla de italiano y algunas palabras de inglés, no me quiso cobrar más que los 15 euros que habíamos pactado días antes por email. “You and me habiamo un tratto, 15 euros”, me repetía una y otra vez. Me pareció increíble y con ello empecé a entender que en Albania la palabra vale más que cualquier papel u otra cosa. Justo unos meses antes vivimos una situación parecida en Roma pero en cambio nuestro anfitrión italiano SÍ que nos cobró un buen suplemento por el retraso del avión que nos tenía que traer a la “ciudad eterna”. No en todos los lugares son iguales, pensé.

Durante los siguientes 3 días pude conocer esta ciudad que lucha por abrirse un hueco entre las más recomendables del este de Europa. Es cierto que el camino va a ser largo pero podemos decir que Tirana ya ha comenzado a andar. Visité algunos de sus lugares más emblemáticos y por supuesto sus famosos búnkers, tristes símbolos de la dictadura comunista del paranoico Enver Hoxha el cual ordenó la construcción de más de 750.000 (1 para cada 4 habitantes) por todo el país para defender la auténtica esencia de Albania de una posible invasión occidental en plena Guerra Fría.

Bunk Art 2

Hoy en día muchos de esos búnkers se han restaurado y se reutilizan como museo para mostrar aquellos duros años de dictadura en el país. En mi afán por saber más sobre esta historia negra del país tenía claro que quería conocer alguno de ellos. Primero fuimos al Bunk Art 2 en pleno centro de Tirana donde suelen ir los turistas. Sus numerosas galerías-refugio ofrecen una visión clara del horror de la Guerra Fría.

Y si bien la visita es totalmente recomendable, nada tiene que ver con el Bunk Art 1 el cual está situado a las afueras de la ciudad y es mucho menos conocido y visitado. Este búnker es una oda al triste y desgraciado periodo de la dictadura de Hoxha. En el interior de las salas se pueden contemplar distintos ambientes y objetos originales además de cárceles, celdas de tortura, habitaciones de descontaminación nuclear, humo recreando gas, sonidos de sirenas de alarma y un largo etcétera. Incluso hay un teatro con escenario, butacas y palcos en el que se representaban obras artísticas y se realizaban convenciones del gobierno. ¡Una locura!

Bunk'Art 1

La casualidad hizo que un entrañable taxista se convirtiera en nuestro improvisado guía. Al decirle que nos llevara al Bunk Art 1 tal fue su sorpresa que comenzó a hablarnos en un básico inglés sobre la época oscura de Enver Hoxha. Entablamos una interesante conversación en la que nos contó que fueron años duros y que por culpa de ese periodo mucha gente piensa aún que Albania es un país peligroso y con malas personas, pero eso no significa que los albaneses sean como Enver Hoxha. Aquello derivó en un: «España se parece un poco a Albania, también habéis vivido una dictadura pero seguro que los españoles no sois todos como Francisco Franco». Esto me dejó perplejo ya que en eso tenía razón.

Bunk'Art 1

Fue tan amable que dijo que se esperaba a que realizáramos toda la visita ya que a nuestra salida nos iba a ser difícil encontrar taxi por esa alejada zona del centro. Que no quería cobrar nada extra y que se esperaba en una cafetería mientras se tomaba un espresso. Me pareció un precioso detalle y aunque no quiso cobrar de más, al menos sí me dejó darle unos pocos leks extra para pagarse el café.

A nuestra salida nos llevó de regreso al centro hasta el Blloku, el barrio más cool de Tirana y donde antes solo podía acceder la gente más pudiente de la ciudad y afín al régimen. Por suerte ahora aquello es un lugar lleno de vida y alegría para todos los públicos. «Antes yo no podía entrar aquí», nos dijo.

Blloku en Tirana

Al despedirnos me pidió que le contáramos a nuestros amigos y familiares cómo era la auténtica esencia de Albania. Sin lugar a dudas, lo vivido con este taxista me volvía a demostrar que los albaneses eran gente hermosa y con ganas de abrirse al mundo.

Kruje, la ciudad de Skanderbeg: donde la historia y la grandeza se unen en un escenario único

A solo 20 kilómetros al norte de Tirana se encuentra Kruje, uno de los lugares más icónicos del país y donde se forjó el nacionalismo albanés gracias al mítico personaje medieval y héroe nacional Gjergj Kastrioti, más conocido como Skanderbeg. Skanderbeg fue un noble que logró aunar a todos los clanes de Albania en una causa común y frenar el avance del imperio otomano que acechaba Europa desde tierras orientales.

Gracias al apoyo que tuvo de los Reinos Católicos de Aragón, Sicilia y Cerdeña con Alfonso VI, Skanderbeg logró frenar los múltiples intentos de invasiones turcas durante casi tres décadas, cambiando así el curso de la historia y consiguiendo impedir que el Islam se abrazara desde la Península Ibérica hasta el este del Mediterráneo. Fue en Kruje donde se atrincheró Skanderbeg, repelió los ataques otomanos y realizó los contraataques alrededor de sus montañas para contener al invasor.

Hoy día Kruje se ha convertido en símbolo de la identidad albanesa. Solo hay que darse una vuelta por su precioso bazar, subir hasta sus antiguas murallas donde se erige orgullosa la bandera roja con el águila de dos cabezas y entrar al castillo-museo hasta llegar al mausoleo donde reposan los restos del héroe.

Kruje Albania

Justo en la entrada del castillo, el señor que repartía los tickets nos preguntó de dónde veníamos. Al decirle que éramos de España se tomó un gran molestia en hablar con nosotros, pero en el momento que le dijimos que veníamos de Valencia su actitud pasó a un enorme entusiasmo.

Nos contó que Donika Arianiti, la mujer de Skanderbeg, está enterrada en Valencia ya que fue allí donde se exilió al morir su marido. Este hecho nos permitió entablar una interesante conversación sobre los hechos, pero lo que más recuerdo fue la última frase que me comentó al despedirnos: «Sin Skanderbeg y Albania, Europa hoy aún sería de los turcos». Fue otra muestra de lo orgullosos que se siente esta gente este carismático personaje.

Skanderbeg en Kruje

Obviamente a mi vuelta indagué sobre ello y así es, Donika Arianiti sigue enterrada en el Monasterio de la Santísima Trinidad de Valencia, a pocos kilómetros de mi casa.

(Así se puede observar en este breve documental: https://www.facebook.com/watch/?v=1157387021345475)

Shkodër: la puerta de los Alpes Albaneses

Shkodër es una de las ciudades más antiguas de Albania llegando a ostentar la capitalidad hasta el año 1920. Hoy en día sigue siendo uno de los lugares más importantes del país y se la considera como el principal enclave histórico y cultural del norte. Además esta ciudad sirve como puerta de entrada a los fantásticos Alpes Albaneses. Lo normal es llegar aquí, pasar un par de días recorriendo sus calles y luego dirigirse a las montañas para realizar rutas de senderismo o trekkings rodeados de la naturaleza más bella y salvaje.

En Shkodër descubrí otra de las grandes virtudes de los albaneses, el respeto a las diferentes identidades religiosas. Fue a la entrada de la Gran Mezquita, también conocida como Mezquita Ebu Beker. Al pasar por la entrada nos quedamos mirando al interior con cierta inocencia y temor sin saber muy bien qué hacer, sin saber si «estaría bien entrar».

Mezquita de Shkodër en Albania

Justo entonces se nos acercó un señor y nos invitó a pasar. Le pregunté si de verdad podíamos ya que aunque no había ninguna celebración, era un momento de lectura donde varias personas departían y conversaban en torno al Corán, su libro sagrado. Me dijo que no había ningún problema, que en Albania convivían en perfecta armonía las 3 principales religiones, islam y cristianismo católico y ortodoxo y aunque él era musulmán, nos respetaba mucho como cristianos. Su amabilidad me conquistó así que nos quitamos respetuosamente nuestros zapatos, entramos en el templo y durante un rato pudimos visitarlo.

Por último nos acompañó hasta la salida y allí me volvió a incidir en que en su país, la gente vive la espiritualidad sin ningún tipo de conflicto. Muestra de ello es cómo me señaló que en calles contiguas convivían mezquitas e iglesias cristianas en una armonía y naturalidad ejemplar. Aquello me pareció admirable ya que mucho, mucho creo que deberían (deberíamos) aprender sobre la tolerancia y el respeto al que piensa diferente.

La religión en Albania

Theth: explorando el valle más bello de los Alpes Albaneses

Desde Shkodër nuestro viaje continuó aún más al norte hacia los mal llamados Alpes Albaneses ya que en realidad pertenecen a los Alpes Dináricos, una cadena montañosa que se extiende por el norte de Albania, Bosnia, Montenegro, Serbia, Croacia y Eslovenia. Sin lugar a dudas estas montañas de más de 2.000 metros de altura son uno de los grandes atractivos del país gracias a una naturaleza casi virgen decorada por infinidad de tonos verdes y azules turquesa.

Theth en Albania

De hecho teníamos marcado este lugar en rojo en nuestro itinerario ya que nos apetecía mucho relajarnos junto a nuestros dos niños en este entorno natural y poder realizar el sencillo trekking hasta el famoso Blue Eye, uno de esos «must» que salen en todas la guías. Pero lo que no sabía es que además de todo eso, allí disfrutaría de las mejores experiencias humanas que me iba a dar el viaje.

Al poco de llegar y una vez instalados en nuestro modesto albergue (así son la gran mayoría de alojamientos de Theth) nos fuimos a dar una primera vuelta de reconocimiento, un poco a la aventura huyendo de la escasa gente que había en las cercanías. Cual fue nuestra sorpresa que nos encontramos con una pastora que conducía a su rebaño de ovejas por una las sendas que bordean un río. No sé muy bien cómo pero entre ella y nosotros surgió una conexión muy especial ya que de repente empezó a abrazar a Sonia y acariciarle el pelo rubio rizado al que no debería estar demasiado acostumbrada. También besaba a los niños mientras les hablaba cariñosamente en un idioma que obviamente no lográbamos descifrar.

Theth Albania

Seguramente eso fue lo de menos pues pienso que a su manera nos estaba transmitiendo la alegría por encontrarnos, de coincidir con una familia extranjera paseando por aquellas remotas montañas. Fue una situación entrañable al menos para mí y por eso la cuento. Porque hoy en día no es fácil que un desconocido se acerque a ti con la sencillez, confianza y humildad que lo hizo esa pastora. Una mujer que nos estaba dando la bienvenida y abrazando en nombre de toda Albania.

Los dos siguientes días los disfruté mucho. Theth es un lugar maravilloso donde aún se puede sentir ese modo de vida rural y ancestral. En Theth los caminos siguen siendo pistas de tierra y piedras, no hay grandes resorts, hoteles ni restaurantes. Todo se vive en calma, como si no hubiera pasado el tiempo. No sé lo que durará ya que el país se está abriendo a pasos agigantados y cada vez hay más gente que viene aquí por lo que es probable que en pocos años este lugar también acabe sucumbiendo al turismo de masas.

Iglesia en Theth, Albania

El segundo día, tras una buena caminata hasta la cascada de Grunas nos volvimos a nuestro alojamiento. Sonia y los niños estaban algo cansados así que decidí acercarme solo para ver algo que se me había quedado pendiente. En el valle de Theth se encuentra una de las últimas Kullas que existen en toda Albania y yo no quería irme sin visitarla. Según me había informado previamente, una Kulla (o Torre del Aislamiento), era el lugar destinado a la persona autora de un delito de sangre ya que según el Kanun, el antiguo código de conducta albanés originario de la Edad Media, el delito tenía que ser vengado por la familia del agredido con la misma moneda. Esa historia me fascinó y por ello tenía que ver como era una Kulla.

Al llegar allí tuve la enorme suerte de encontrarme con Sokol Nikolle Koçeku, último heredero de la torre y que se dedica a transmitir cual guía turístico ataviado con la vestimenta típica albanesa el auténtico significado de ese singular edificio. Justo iba a hacer una visita a 3 jóvenes albaneses, los cuales no pusieron pega alguna en unirme a ellos para escuchar las historias de Sokol a cambio de 100 leks, 1 euros al cambio. En esta visita ya con mi anfitrión sentado en la primera planta de la torre, aprendí que los pilares básicos del Kanun eran el honor, la hospitalidad, respeto a la familia y el cumplimiento de la palabra, por lo que violar alguna de estas máximas podía tener fatales consecuencias.

Kullas en Albania

De ese modo, si se producía un delito de sangre el agresor solo podía refugiarse en una de estas torres y quedaba protegido por los varones de su misma familia o clan durante dos semanas. Pasado este tiempo llegaba el momento de la negociación en el que las dos familias se sentaban a hablar junto a los ancianos del lugar con solamente dos posibles soluciones: venganza o perdón.

Y a pesar de lo que se pueda creer, muchas veces la reyerta acababa con el perdón entre clanes en pro de la paz comunitaria. Eso fue al menos lo que me dijo Sokol, pues me confesó también que aunque Albania trabaja por convertirse en un estado moderno que le permita entrar en la Unión Europea, gran parte de la sociedad sigue viviendo bajos sus costumbres ancestrales y que no van a cambiar de la noche a la mañana. Eso sí, costumbres donde el honor, la justicia y la palabra siguen siendo la base de la convivencia.

Visitar esa Kulla me permitió entender mejor a la gente de Albania. En cierto modo, hablar con Sokol Koçeku me hizo comprender por qué durante los días previos algunas de las personas con las que me tropecé se habían comportado tan bien conmigo y mi familia. Creo que salí de la torre con una leve sonrisa de satisfacción dibujada en mi rostro. Satisfacción y agradecimiento por estar descubriendo un país al cual apenas dos semanas antes no le tenía altas expectativas. A estas alturas de mi viaje, Albania ya me había conquistado.

Kulla

Pero si hasta ahora lo mío con Albania había sido solo un amor platónico, algo hizo que entre nosotros se desatara la pasión. Fue en el camino de vuelta hasta mi albergue, mientras pasaba por delante de lo único que se parecía a un bar en todo el valle. Un señor de aspecto extraño pero amable salió por la puerta y comenzó a invitarme a pasar dentro mientra repetía la palabra «raki» una y otra vez. A pesar de la duda inicial confié en mi instinto, decidí hacerle caso y entré. Lo primero que hizo fue invitarme a un chupito de raki, un potente aguardiente de uva con 45º de alcohol al cual fue imposible negarme.

Junto a él, un grupo de jóvenes estaba tomando cervezas y escuchando música. Rápidamente se presentaron en un correcto inglés y me hicieron sentar con ellos haciendo honor a la hospitalidad, uno de los grandes pilares del Kanun. No pude evitar que el raki y la cerveza comenzaran a regar aquella mesa junto a un sinfín de preguntas. Sentían una enorme curiosidad por saber qué pensábamos de ellos en nuestro país, qué percepción teníamos de Albania. Ávidos de mis respuestas sintieron cierta decepción al oírme hablar de que mucha gente les ve como peligrosas bandas de albano-kosovares. Les daba mucha rabia (cito textualmente) ese «estigma» etiquetado por culpa de unos pocos desalmados que les han dado una fama injusta fuera de sus fronteras.

Obviamente me aseguraron que la gente de Albania no es así, que yo mismo lo estaba comprobando junto a ellos en ese preciso instante. Eso sí, uno me aseguró que «los albaneses eran buenos pero que si alguien se portaba mal con ellos había que ir con cuidado ya que eran muy orgullosos». No hace falta decir que el alcohol había comenzado a hacer de las suyas aunque poco importaba ya que en ese momento éramos simplemente personas con ganas de hablar, descubrir y pasarlo bien.

Estuve como un par de horas más ya que no había manera de que me dejaran marchar y me invitaban a cenar con ellos. He de confesar que me habría gustado quedarme pero al día siguiente teníamos que madrugar ya que me iba de Theth. Una marcha agridulce pues si bien me dirigía a conocer nuevos lugares de este precioso país, en aquellas montañas se iban a quedar bonitos momentos junto a personas que me estaban demostrando lo especial que es ser ciudadano de Albania.

Berat, la ciudad de las mil ventanas

Mi siguiente parte del viaje se trasladó hacia el sur, cambiando totalmente de registro. De la naturaleza desbordante de los Alpes Albaneses nos dirigíamos a un entorno mucho más histórico y cultural con Berat como máximo exponente. Apodada como la «ciudad blanca» o de «las mil ventanas, Berat es reconocida desde 2008 como Patrimonio Mundial por la UNESCO. En esta ciudad de más de 2400 años de antigüedad pudimos admirar sus típicas casa blancas de construcción otomana, subir al imponente castillo y perdernos entre las callejuelas del barrio musulmán de Mangalem o el cristiano de Gorica.

Berat con niños

En Berat también disfrutamos de la auténtica gastronomía del país, un auténtico placer dadas su influencia turca, griega, italiana y balcánica. Esa mezcla hacen que sea un espectáculo para el paladar pues diría que en pocos países he comido tan bien (y tan barato) como en Albania. Además también pude comprobar que a los albaneses también les encanta reunirse y departir en torno a una mesa llena de comida y bebida.

Justo nos disponíamos a salir para ir a cenar cuando en el jardín de nuestro hotel había un grupo de personas agrupadas en torno a una larga mesa preparadas para cenar. Tras un cordial saludo un señor mayor me dijo si queríamos tomar algo con ellos a lo cual no pudimos negarnos y aunque nos invitó a cenar, tuvimos que declinar la invitación ya que teníamos una reserva en un restaurante. He de decir que de todo lo que hablamos durante ese tiempo me quedo con la alegría que le producía ver como familias con niños pequeños venían de alejados puntos de Europa a visitar su país ya que para él eso era un motivo de orgullo, seguramente algo casi impensable un par de décadas atrás.

Visita a Gjirokastër, el bazar más bonito de Albania

Gjirokastër es una ciudad muy parecida a Berat ya que ambas conservan ese toque turco otomano con sus casas típicas y las empinadas callejuelas en las que te puede sorprender cualquier bazar o rincón inesperado. Y si bien Berat es más monumental, Gjirokastër tiene un aura más tradicional, seguramente por encontrarse aún más al este que la ciudad de las mil ventanas. Sinceramente no me quedaría con ninguna de las dos, o más bien me quedaría con ambas ya que la respuesta a esta pregunta sería como decir si quieres más a mamá o papá.

Bazar en Albania

De todos modos, a pesar de permanecer solo dos días allí he de decir que Gjirokastër tuvo el mérito de ser el lugar donde comí el mejor Qofte (unas suculentas albóndigas de cordero sazonado con especias) y también donde probé el mejor café albanés, también famoso por su reminiscencias turcas. Lo que no sé es si porque en realidad eran los más deliciosos o porque comí en un pequeño restaurante tradicional gestionado por un entrañable matrimonio de avanzada edad. No soy una persona muy intuitiva pero, buscando un lugar para comer nuestro primer día en Gjirokastër, la amabilidad que desprendía el rostro del dueño me cautivó. «No busquemos más, vamos a comer aquí, le dije a Sonia».

Nada más entrar en el Restaurante Gjoça, el chef Rudi nos hizo sentir como en nuestra propia casa. No hubo necesidad de que tuviera un buen inglés para entendernos, ya que solo con los gestos y las miradas la comunicación fluía. Él mismo fue quien mediante señas decidió lo que íbamos a comer, acertando de pleno tanto para los adultos como para los niños.

Me enseñó su humilde restaurante, lugar donde detrás de los fogones también tiene su propia casa. Además, con enorme orgullo me mostró las paredes del local las cuales están ataviadas con cuadros en los que se observan fotos de famosos que han comido allí, incluido el mismo Enver Hoxha. Aluciné además al ver el modo tradicional con el que preparaba el café, deshaciendo al fuego vivo con una cuchara los granos en un pequeño recipiente expresamente dedicado a ello.

Café en Albania

Y como no podía ser de otra manera Rudi me invitó a tomar un par de rakis junto a él, cumpliendo una especie de ritual y sellando de ese modo el nacimiento de una nueva amistad entre dos desconocidos. Como muestra de mi gratitud regresamos esa misma noche. Sin avisar, sin reservar. Por supuesto que hubo una mesa para nosotros en la que disfrutamos de una deliciosa cena tradicional. Al concluir, llegaba el amargo momento de la despedida, que sería suavizado gracias ese potente aguardiente de uva, el invitado indispensable de cualquier celebración en la cultura popular albanesa. Fue de ese modo, con un brindis de raki que nos despedimos quien sabe si hasta una próxima vez.

La Riviera Albanesa: un paraíso costero entre playas impresionantes y encantadores pueblos marineros

Nuestra última parte del viaje tenía como principal objetivo descansar del intenso calor del país y recargar pilas en las preciosas playas de la Riviera Albanesa. Por lo que había visto en fotos y leído en las guías esta zona costera bañada por el mar Jónico presumía de ser el «Caribe Europeo» con playas paradisíacas y aguas cristalinas. Y si bien el adjetivo puede parecer excesivo, he de reconocer que la realidad superó ampliamente las expectativas.

Ksamil en Albania

Personalmente no soy fan del turismo de sol y playa pero en la Riviera Albanesa pasamos unos bonitos días de verano. A pesar de ser un destino bastante masificado en ningún momento noté excesivo agobio ya que el turismo que hay es principalmente local e italiano. Tanto en las playas de Ksamil y Himarë siempre encontramos sitio para dejar la toalla, nadar en el mar o sentarnos a comer y cenar. Eso sí, en estas costas hubo un detalle que por última vez me demostró que en Albania la honradez y el honor está fuera de toda duda.

Ocurrió en Ksamil. Alquilamos un par de tumbonas con una pequeña mesa para poder sentarnos más cómodamente y pasar toda la mañana en la playa. Después de instalarnos y situarnos fuimos con nuestros niños a darnos un baño. Sinceramente no recuerdo bien el tiempo que pasó pero seguro que estaríamos al menos un par de horas jugando con ellos. Fue en el momento de salir del agua y regresar hacia nuestras butacas cuando un chispazo de preocupación atravesó mi mente. ¡Nos habíamos dejado encima de la mesita de playa nuestros smartphones, gafas de sol, las llaves del coche e incluso un pequeño monedero con algunos leks! Pensé en la probabilidad de que todo eso no estuviera, que nos lo hubieran robado. Aquello podría resultar dramático.

Riviera Albanesa

Sin embargo, cuando regresé a toda velocidad a nuestras tumbonas vi que nuestras valiosas pertenencias seguían allí, en el mismo sitio que las habíamos dejado. Las nuestras y las de todos los demás bañistas de la playa ya que absolutamente TODO el mundo se dejaba sus cosas sin temor alguno a que les fueran robadas. La verdad es que a pesar del alivio, me sentí mal, ¡Qué mal pensado fui! Quizá fue coincidencia o casualidad, quién sabe, aunque lo vivido durante los días previos me invitaba a pensar que es que la gente era así, porque Albania es así.

Con esos últimos días en la preciosa Riviera Albanesa concluía una aventura que difícil de igualar. Definitivamente, situaciones como todas las que me sucedieron durante esas dos semanas fueron las que me acabaron enamorando de Albania y que hoy en día me hacen recordar mi estancia allí con enorme nostalgia y también con un punto de admiración. Admiración de un país precioso por fuera pero sobre todo bello por dentro gracias a su gente, una gente humilde, hospitalaria y tremendamente respetuosa.

Como dije antes, no me considero un experto viajero pero desde mi humilde opinión estoy seguro de una cosa.

Porque… ¿Qué es un país sino su gente?»

Abril de 2023

Bruno

 

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